GRAN HERMANO URUGUAY: URUGUAY ENCIENDE LAS CÁMARAS
Y de repente, Uruguay tiene su propio Gran Hermano. Después de tantos años consumiendo las versiones argentinas y viendo cómo el formato se convertía en una auténtica institución televisiva al otro lado del charco, ha llegado el momento de comprobar qué ocurre cuando los uruguayos meten a 21 desconocidos en una casa y les dicen aquello de “sed vosotros mismos”. Error. Gravísimo error. Porque todos sabemos que en Gran Hermano uno entra siendo uno mismo y sale convertido en personaje, villano, víctima, meme o directamente trauma nacional.
El estreno ha servido para conocer a un casting bastante variado, con perfiles muy diferentes y, sobre todo, con margen para que la convivencia haga su trabajo. Hay jóvenes, adultos, deportistas, trabajadores, influencers y concursantes con historias personales que pueden dar bastante juego. Y luego está Laura Dotto, con 67 años, demostrando que para encerrarse durante meses con veinte desconocidos no existe una edad límite. A esa mujer dale una semana, un par de nominaciones y una discusión por una cama y después hablamos.
Pero si algo me ha gustado de este primer capítulo es que Gran Hermano Uruguay ha entendido que no hace falta esperar un mes para empezar a jugar. Las tres aspirantes que han entrado sin tener asegurada su permanencia son una auténtica declaración de intenciones. Llegas a la casa, conoces a tus compañeros, colocas la ropa en el armario y cuando todavía no sabes ni quién se llama cómo ya tienes que empezar a preguntarte quién se va. Una bienvenida preciosa, muy familiar y absolutamente libre de ansiedad.
Entre los concursantes también encontramos a Victoria, que se presenta como amante del chisme, y solamente por eso ya tiene mi respeto. Porque el chisme, señores, ha sostenido más horas de Gran Hermano que cualquier prueba de líder. También está Fabricio, que ha decidido entrar con la sinceridad por bandera y ha dejado alguna confesión que puede darle más de un disgusto cuando empiecen a conocerse de verdad. Y tenemos perfiles como Esteban, “El Rasta”, un conductor de ómnibus de 46 años al que ya han comparado con Lenny Kravitz. No sé quién ha decidido semejante cosa, pero ahora necesito comprobar si además canta como él o si simplemente lleva rastas y hemos perdido completamente el norte.
Y precisamente ahí está, para mí, lo interesante del casting. No parece una casa construida exclusivamente alrededor de un único perfil de concursante. Hay diferencias generacionales, profesionales y personales que pueden provocar dinámicas bastante más interesantes cuando desaparezca la educación inicial. Porque todos son encantadores durante las primeras horas. Todos vienen a “vivir la experiencia”, “conocer gente” y “ser ellos mismos”. Esperemos a que alguien toque sus cosas, desaparezca comida de la nevera o ronque durante tres noches seguidas. Entonces veremos quién viene a vivir la experiencia y quién viene a vivir una experiencia homicida.
También me parece especialmente interesante que esta primera edición tenga que construir sus propios referentes. Gran Hermano Uruguay no tiene todavía una historia detrás ni concursantes anteriores a los que comparar. No tienen que ser la nueva Furia, el nuevo Tato ni la nueva Julieta. Tienen que conseguir ser ellos mismos, que en un reality de convivencia ya es bastante complicado.
Y ahora viene la parte verdaderamente importante. El estreno puede ser brillante, los concursantes pueden resultar interesantes y la casa puede ser preciosa, pero Gran Hermano empieza de verdad cuando se acaba la presentación. Cuando llegan las primeras nominaciones, aparecen las alianzas, alguien empieza a sentirse excluido, otro descubre que no es tan querido como pensaba y alguno decide que para ganar esto tiene que convertirse en el Napoleón de Pocitos.
Porque el primer capítulo nos ha enseñado las piezas. Ahora toca ver cómo se mueve el tablero.
Y, de momento, la cosa promete. Gran Hermano Uruguay ha arrancado con una audiencia potente y con la expectación suficiente como para demostrar que había ganas de ver al país con su propia casa y sus propios personajes. Ahora dependerá de ellos convertir esa curiosidad inicial en una historia que merezca la pena seguir.
Uruguay acaba de abrir la puerta de su primera casa.
21 personas. Cero intimidad. Un montón de egos y, esperemos, muchísimo drama.
Que empiece el desastre.




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